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Pissarro, el compromiso más allá de lo político

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¿Se puede ser un artista comprometido sin hacer del arte un panfleto político? Por supuesto que . Y este es el caso de Camile Pissarro (1830-1903), figura fundamental de ese grupo de artistas rebeldes que en 1874 desafiaron al Salón oficial de París organizando una exposición de forma independiente: los Impresionistas. Pintores del aire libre que en un primer momento se les bautizó como los Intransigentes puesto que habían decidido, atacando abiertamente a todas las convenciones tradicionales, exponer sin someterse al examen del jurado oficial y liberar a la pintura del «litargirio, del betún, del chocolate, del jugo de buyo, del gargajo y del gratén», como había escrito Théodore Duret en 1878, y que cargando una pistola con varios tubos de color dispararon sobre sus telas firmándolas después. Esto era lo que entre chistes se decía del nuevo hacer de estos pintores inconformistas entre los que se encontraba Monet, Renoir, Degas, Sisley, Berthe Morisot, Cézanne, Guillaumin, y por supuesto Pissarro, que aunque eran considerados enemigos del arte pretendían más que nadie devolver a la pintura lo que le había sido arrebatada por las instituciones: la pintura misma.

 

 

Reivindicaban una pintura nacida del contacto con la naturaleza, de la vida al fin y al cabo, a través de la cual el artista plasmara sus sensaciones por medio del color. Una pintura física, despojada de ideas, que se recreara en el placentero mundo de la materia sin más. Pues como había escrito Renoir: «tratar un tema por los tonos y no por el tema en , eso es lo que distingue a los impresionistas de los demás pintores». El tema, que ni siquiera llegaba a ser una idea, puesto que escogían para sus obras las extraordinarias trivialidades de la vida, se convertía ahora en una excusa para los vanguardistas pintores parisinos absolutamente comprometidos con el arte y la belleza de este mundo. Algo que no sólo no escandalizó a las élites intelectuales más conservadoras sino que unos años más tarde muchos de los jóvenes artistas, creyéndose todavía más revolucionarios y modernos que sus predecesores, pretendieron de nuevo hacer de la pintura un instrumento al servicio de las ideas e incluso del más allá, sin ser conscientes de lo que esto conllevaba. De ahí que Camile Pissarro, plenamente comprometido con la pintura, alarmado por las nuevas corrientes intelectuales y artísticas, que tenían más que ver con la mística y la política que con el arte, advertía a su hijo Lucien:

 

«La burguesía inquieta, sorprendida por el inmenso clamor de las masas desheredadas, por la inmensa reivindicación del pueblo, siente la necesidad de arrastrar a los pueblos a creencias supersticiosas. De ahí ese revoltijo de simbolistas religiosos, socialismo religioso, arte ideísta, ocultimos, budismo, etc., etc.».

 

Un revoltijo de ideas desfasadas pero disfrazadas de modernidad combativa que pretendían, como había escrito Jean Moréas en el Manifiesto Simbolista publicado en 1886, «objetivar lo subjetivo (la exteriorización de la idea) en lugar de subjetivar lo objetivo (la naturaleza vista a través de un temperamento)».

 

Un retroceso en nombre del progreso, diferentes perros pero con el mismo collar, puesto que lo que ahora pretendían estos jóvenes orgullosamente decadentes era similar a lo que durante siglos las instituciones políticas y religiosas habían hecho del arte: un instrumento ideológico, una negación manifiesta de la vida y un evasivo contra el placer sensual. Algo que Nietzsche ya había advertido años atrás y que había sido la causa de su ruptura con Richard Wagner, al cual los místicos parisinos pretendían resucitar. Pero lo más sorprendente de todo era que la mayoría de estos rabiosos jóvenes estaban vinculados con el anarquismo para disgusto de Pissarro, que además de estar comprometido con el arte estaba fielmente comprometido con la causa libertaria:

 

«Proudhon, en Justice, dice que el Amor a la tierra se vincula a la Revolución, por tanto al ideal artístico. […] Hay que desconfiar pues de aquéllos que con el pretexto del socialismo, del arte idealista, del arte puro, etc., etc., siguen un movimiento, pero un movimiento falso, archifalso, que posiblemente sea una necesidad para cierta clase de gentes, ¡pero no para nosotros, que respondemos a un ideal completamente distinto! – Paul Adam, Aurier, y toda la joven literatura, están en esta contrarrevolución, inconscientemente, estoy casi seguro, o porque no tienen fuerza… ¡y eso que creen hacer algo nuevo!».

 

En el amor a la tierra se encontraba pues el verdadero ideal revolucionario y la verdadera causa artística, algo que tenía muy claro Pissarro y que por ello mismo no dejó nunca de pintar paisajes: bosques, campos, marismas y lagos. Fragmentos de la vida cotidiana, algunas veces urbana pero generalmente campesina, con su variable colorido dependiendo de la estación escogida del año. Pintados con esa pincelada matérica y casi efervescente que había llevado a un joven pintor varias veces galardonado por la Academia a pensar, según contaba Louis Leroy en un artículo publicado a propósito de la primera exposición del grupo, que sus gafas se habían empañado ante uno de sus cuadros. Porque los cuadros de Camile Pissarro rezuman humedad, huelen a hierba fresca y hasta pueden producir frío y calor. Por lo que ¿cómo iba a tolerar a aquellos intelectuales y espirituales artistas que decían estar hartos de la vida terrenal y que buscaban en el arte un efecto narcotizante para evadirse de este mundo?  «¡Es preciso que ese movimiento no sea más que un estertor, el último! Los impresionistas están en la verdad, el arte sano basado en las sensaciones», le escribía convencido a su hijo Lucien.

 

Un arte basado en las sensaciones que provoca sensaciones en el espectador, y no sensaciones de angustia y horror como ocurriría con la mayor parte del arte producido a partir de la Primera Guerra Mundial, sino de sensaciones placenteras. Por lo que al compromiso artístico de Pissarro hay que sumarle su compromiso con el espectador. Un compromiso que si nos paramos a pensarlo detenidamente no deja de ser un compromiso político, pues la razón de ser de su arte no es otra que proporcionar placer sensual al pueblo, al trabajador, por medio de las sensaciones físicas. Una concepción del arte que sólo Matisse, olvidado y eclipsado durante mucho tiempo por el escandaloso Pablo Picasso, supo entender y hacer de ella la causa más noble a la que todo artista comprometido con la sociedad puede aspirar:

 

«Sueño con un arte equilibrado, puro, tranquilizador, sin temas inquietante ni turbadores, que sirva para cualquier trabajador, intelectual, hombre de negocios o artista, como lenitivo, como calmante cerebral, como una especie de buen sillón que le relaje de sus fatigas físicas» .

 

Un compromiso más honesto e inteligente que el de todos esos artistas ideólogos que empezaron a proliferar en el siglo XIX y que todavía hoy, más que nunca, llenan los museos de todas partes del mundo dejándose subvencionar incluso por los mismos gobiernos contra los que luchan. Creadores de un arte alienado que reniega incluso del arte mismo al pretender ser algo ajeno a su propia naturaleza, pues como ya había escrito premonitoriamente Baudelaire en 1859, el arte de ideas, ese que hoy en día se denomina arte conceptual, es un arte que

 

«tiene la pretensión de reemplazar al libro, es decir, de rivalizar con la imprenta para enseñar la historia, la moral y la filosofía. […] Cuanto más quiera el arte ser filosóficamente claro, más se degradará y se remontará hacia el jeroglífico infantil; por el contrario, cuanto más se separe el arte de la enseñanza, más se elevará hacia la belleza pura y desinteresada».

 

 Por lo que en estos tiempos que vivimos de tiranía política y dictadura laboral, rodeados de corrupción, agitación y machaque general, lo mejor que puede hacer el artista comprometido es crear belleza con el único fin de procurar placer a la sociedad. Ese placer que el poder usurpa al que menos ocho horas diarias y que el discurso artístico imperante pensando que hace algo por el bien del pueblo acaba, paradójicamente, volviéndose contra él. Y mientras que estos “artistas” no caigan del burro, los espectadores deseosos de un poco de sosiego y placer con el que recuperar nuestra consciencia existencial, no tenemos más remedio que recurrir finalmente al arte de tiempos pasados, que en muchas ocasiones resulta incluso más moderno que el actual. Y ahí es donde juega su papel Camile Pissarro, ese artista comprometido con el pueblo del que ahora en Madrid podemos disfrutar.

puede ser un artista comprometido sin hacer del arte un panfleto político? Por supuesto que ." data-share-imageurl="">

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