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Entrevista a Sinouj. Jazz con sabor afromediterráneo

Sinouj es una agrupación que reúne una serie de influencias árabes, persas, turcas y balcánicas, que son fusionadas en un contexto de jazz contemporáneo. Tampoco le son ajenas las texturas de rock, funk, electrónica e incluso hip hop. Es el resultado natural de un proyecto que posee músicos de diversas latitudes, raíces y estilos.

El saxofonista extremeño Pablo Hernández encabeza Sinouj, un grupo de estilo indefinible. «Quizás lo más gráfico sería decir world jazz o jazz del mundo, aunque no llega a ser algo comercial. Yo a veces digo afromediterráneo, porque hay sonidos de África, del Mediterráneo y de oriente. Pero también hay influencias de rock, electrónica, funk y hip hop», afirma.

Con orígenes en el norte de África, aunque establecido en España, Sinouj publicó a finales del año pasado Labu, un disco que mantiene esa exploración sonora, pero que además cuenta con una serie de invitados de lujo. En Labu el ney iraní se encuentra con la percusión subsahariana, un violín con sabor magrebí se topa con la trompeta balcánica y el saxofón de jazz. Se trata de un disco donde las letras se pasean entre el idioma yoruba, el árabe y el portugués.

Pablo Hernández explica con lujo de detalles el camino que le condujo a Labu.   

La historia de Sinouj comienza en el norte de África.

—Es una historia bastante larga. Yo estudié filología árabe y siempre he sido músico. Cuando acabé los estudios me fui a Túnez para seguir aprendiendo árabe, y a la vez francés, y allí me encontré con músicos de Argelia y Túnez que tenían un proyecto que se llamaba Sinouj. Sin embargo, no tiene nada que ver con lo que es ahora. Allí conocí a Larbi Sassi, que sigue en el grupo, él es violinista y cantante de la formación actual. En aquellos días estuvimos tocando por Túnez, por Argelia, por Francia. Pero era diferente. Otro tipo de repertorio. El grupo se paró en 2006 porque falleció nuestro baterista. Más adelante decidí continuar el proyecto con Larbi y, en homenaje a nuestro amigo fallecido, le colocamos este nombre, aunque el concepto haya cambiado.

¿Cómo era ese concepto inicial?

—Era un poco acercar el jazz con las músicas del norte de África, la música árabe, la música gnawa. Digamos que ese concepto sí está ahí. Lo que pasa es que cambió el tipo de composición, empezamos a tocar temas míos y entraron otros músicos cuando vine a Madrid. Ahí aparecieron Akin Onasanya, el batería que sigue hasta hoy, igual que Sergio Salvi, que es tecladista desde 2008.

¿De dónde nace ese interés por la cultura árabe?

—Es un poco casualidad. También siendo del sur de España, de Badajoz específicamente, lo siento como algo muy cercano. Marruecos está más próximo a mi casa que Madrid. También me llamaba la atención la caligrafía y su estética. La música también me interesaba pero no la había estudiado. Entonces a partir de ahí empecé a viajar a países árabes y quedé fascinado con todos los sonidos que descubrí. No sólo la árabe, porque hay música de origen subsahariano, bereber y tuareg que me gustan mucho. Es una familia muy grande que llega casi desde Irán hasta el Atlántico. Es un mundo muy amplio que está muy en contacto con todo lo que es el Mediterráneo, incluso hasta América por la influencia del flamenco español que se nota en la música cubana o la música de Sudamérica en general.

¿Usted proviene de una familia de músicos?

—Mi padre fue profesor de instituto pero también hizo, posteriormente, la carrera de piano. Luego estuvo un año dando clases en el conservatorio, como profesor de armonía. Mi hermana es violinista. La música siempre ha estado presente. Ha sido algo natural aunque mi padre nunca haya sido un profesional de la música. Pero mi hermana y yo sí nos dedicamos a esto.

¿Qué significa Sinouj?

—Sinouj es una especia. Comino negro sería en español. Se usa en el pan, como una suerte de sésamo negro. Es común en el norte de África, pero también se dice que trae buena suerte, contra el mal de ojo por ejemplo. Habiendo empezado en Argelia, hay un juego de palabras que ocurre con esta palabra en árabe, ya que suena muy similar a “cultura negra”. Es un nombre que guardamos de aquel proyecto inicial.

Recientemente en World Groove realizamos un trabajo sobre la música Gnawa, que creo que fue una influencia sumamente fuerte para Sinouj.  

—La primera vez que viajé a un país árabe fue a Marruecos, específicamente Tánger. Fue como la puerta, la ciudad más cercana. Estaba estudiando y me llevé el saxo. Conocí varios músicos, uno de ellos tocaba el guembri, y me habló de las cofradías de gnawa, de los maestros, y quedé fascinado con esa música. El poder que tenía. Era una gente muy acogedora. Empecé a comprar casetes de esa música y hasta el día de hoy sigue siendo uno de mis géneros preferidos.  

Cuál es la formación de Sinouj actualmente.

—Al momento de grabar, los que hemos estado somos cinco músicos: Javier Geras, que es al bajista actual, Larbi Sassi en el violín y la voz, Akin Onasanya en la percusión y batería, y Sergio Salvi en los teclados y programación. Luego, en cada disco, en cada concierto, tenemos muchos invitados. Gente diversa como Jorge Pardo y Ariel Bringuez. En este último disco tuvimos el honor de contar con Kaveh Sarvarian que es un músico iraní que toca el ney, la flauta y además canta, también con Munir Hossn que es un músico brasileño impresionante. Miron Rafajlovic, que es un trompetista bosnio, tuvo la oportunidad de mostrar sus raíces balcánicas en nuestro último trabajo. Es muy abierto el concepto de música que tenemos, por eso aparecen personajes tan diferentes.    

Su último disco se llama Labu, de dónde proviene ese nombre.

Labu es un homenaje a un tío mío que ha fallecido hace dos años. Era su apodo, se llamaba José Luis Ramos, pero le decían Labu. Un homenaje a él y un poco a mi familia.  

Rítmicamente este disco continúa su exploración entre los sonidos árabes, mediterráneos y africanos.

—Claro, siempre está esa influencia, luego el jazz contemporáneo y luego entro yo, que si bien utilizo ritmos tradicionales, otras veces son ritmos que se crean ahí, o ideas que se me ocurren. Hay una mezcla entre inspiración de diferentes tradiciones y luego aportaciones un poco personales, con múltiples acentos.

Algún género predomina en Labu.

—Creo que el equilibrio está entre el jazz contemporáneo, la electrónica y lo que podríamos denominar como músicas orientales, entre las que hay texturas árabes, persas y balcánicas. Todos esos géneros aportan una aproximación diferente a los sonidos occidentales. No tanto a través de las armonías sino de los modos, que muchas veces comparten un vocabulario, aunque lo expresen de diferentes formas. Hay cuatro familias principales: la música persa, la árabe musulmana, la turca y la balcánica, aunque están todas entrelazadas. Incluso se podría hablar del oeste de África hasta Nigeria, porque todo está conectado. En la música nada está muy lejano, aunque parezca que sí. Habrá muchos kilómetros pero se conectan desde Irán a Nigeria.

Pero el punto de encuentro es el jazz.

—Yo creo que sirve como base, como estructura, para reunir todo aquellos ingredientes. Todo el jazz contemporáneo desde gente como Steve Coleman y Aka Moon deja una armonía más abierta, donde instrumentos occidentales y orientales pueden hacer solos. Te da más libertad y vida. Es diferente al bebop por ejemplo, donde hay senderos más marcados. En el jazz contemporáneo ese sendero se abre sobre la marcha.   

Su público suele ser de jazz o más de músicas del mundo.

—Un poco de todo. La gente que es más purista del jazz quizás siente más aprensión, y gente que no tiene ese prejuicio a veces nos dice: “a mí no me gusta el jazz pero me ha encantado su concierto”. Nosotros no tenemos prejuicios. Igual hemos tocado en clubs y festivales de jazz y la acogida ha sido muy buena. Tenemos un público extraordinario. Muy respetuoso. Pero es curioso por aquello de que hay gente que no se decanta por el jazz pero le gusta.

Cómo le explicaría su música a alguien que jamás la haya escuchado.

—Esa pregunta siempre es un poco difícil. Quizás lo más gráfico sería decir world jazz o jazz del mundo, aunque no llega a ser algo comercial. Yo a veces digo afromediterráneo, porque hay África, Mediterráneo y oriente. Pero también hay influencias de rock, electrónica, hip hop, etc. Yo lo veo como un viaje, algo invita a la gente a volar. Pero la etiqueta más rápida sería world jazz.  

¿Cuáles son sus próximos planes?

—Estaremos tocando en Madrid varias veces en las próximas semanas. También nos encontramos preparando muchas cosas para este verano. Además poseemos un proyecto que queremos hacer en Túnez, grabar allá con músicos locales y explorar los distintos géneros que existen en ese país. Incluso hacer un documental. Estamos en contacto con la embajada de España para ver si podemos hacer esa colaboración. Las ideas están. No te puedo negar que en España es un poco complicado con este tipo de música. El mercado especialmente. Por eso estamos tratando de abrirlo hacia el resto de Europa y el norte de África.

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