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El SobreVive Latino

Imagen de pablo

 

El pasado 8, 9 y 10 de abril se llevó a cabo en la Ciudad de México el XII festival iberoamericano de cultura musical Vive Latino. Este evento ha pasado por altas y por bajas, pero la constancia lo ha convertido en uno de los festivales de música más importantes de América Latina. Para esta edición, los carteles anunciaban los nombres de tres legendarias bandas como headliners. Jane’s Addiction, Caifanes y The Chemical Brothers fueron los encargados de cerrar las festividades. Esta fue la primera edición que se amplió a 3 días completos de música, sol y diversión.

 

Con el pasar de los años, este festival no sólo ha ampliado sus horarios, sino que ha dejado de ser sólo latino (y particularmente mexicano) para abrirle las puertas a grupos anglosajones y propuestas musicales de (casi) todos los rincones del planeta. Además, cada año han intentado traer a grupos más importantes con miras a consolidarse en un festival de referencia internacional. El sobrevive Latino (literal puede llegar a ser una cuestión de supervivencia) se ha convertido sin duda en uno de los eventos más importantes para el desarrollo de la es- cena musical en México.

 

En sus inicios, este evento era marcadamente chilango (capitalino), tanto por los grupos que tocaban como la gente que acudía. Cada edición era un desfile de las distintas tribus urbanas que existen en el Distrito Federal. Punks, skatos, emos, darkis, poperos y rockeros convivían en una aparente armonía. En esos días, los precios de los boletos eran un poco más populares, por lo que permitía el acceso a diferentes grupos sociales de la gran capital. El chemo (inhalante barato), la mota (la internacional Juana María) y la chela (cerveza) eran los lubricantes sociales más concurridos. Por aquellos inicios, el ska estaba de moda y el rock mexicano se encontraba en su máximo apogeo. La primera edición fue una aventura pues se apostó por reunir a todas las bandas mexicanas con éxitos radiales así como algunos artistas españoles y latinoamericanos. Café Tacuba, la Maldita Vecindad, Molotov, Control Machete, La Lupita, la Cuca, el Tri, Tijuana No, la Sekta Core, Salón Victoria, Ángeles del Infierno, Illia Kuryaki, Juan Perro, Miguel Ríos, Ritmo Peligroso, Los Tres, Todos tus Muertos fueron algunos de los nombres que engalanaron la edición de 1998. Fue la primera vez que se reunieron a más de 40 grupos en un solo evento que se extendió durante dos días. La apuesta fue grande y la respuesta también.

 

Para las siguientes ediciones, el festival sólo duró un día, pero empezaron a traer grupos internacionales como The Wailers, Fishbone o The Skatalites, y poco a poco se fue incrementando la concurrencia. Cada año, los organizadores intentaban hacer las cosas mejor y, en algunas otras, las novatadas se pagaron de manera cara. En la segunda edición, la cerveza y el agua se acabaron a las 4 de la tarde, lo que provocó la impaciencia de la gente y los saqueos de los puestos. En un par de horas empezaron a llegar las primeras provisiones, pero los pobres repartidores tenían que ser custodiados por al menos 6 policías para que llegaran a los puntos de venta. En alguna otra ocasión, se les ocurrió poner un piso de plástico que se armaba como un rompecabezas para proteger el pasto del estadio. Bastó un par de horas para que la gente lo quitara y se recostara en el césped. Cuando Dover empezaba a tocar, una serie de incomprensiones tanto del público como de la banda en el escenario provocaron una guerra sin cuartel donde el arma principal eran los pedazos de piso voladores. Fue una gran lluvia de plástico que dejó cicatrices en más de uno, incluyendo a la bajista de aquella banda. Pese a eso, la gente se llevó de recuerdo su pedazo de piso y al año siguiente regreso con ganas de más rock y diversión. Ese desafortunado evento provocó sin embargo una de las cosas más características de las futuras ediciones: el piso de plástico se cambió por una lona, la cual es ahora arrancada para usarla como una manta gigante e impulsar a la gente para que “vuele y vuelva a ser atrapa”.

 

A pesar de estos tropiezos, el festival ha aprendido mucho con los años y cada vez da un paso más para acercarse a la calidad y comodidad de otros festivales de esta índole. Además, también ha sido un gran impulsor y “desarrollador” de la escena musical en nuestro país. Desde sus inicios, este festival apostó por crear escenarios de distintos tamaños para abrir paso a propuestas musicales que no tienen espacio en los medios de comunicación tradicionales. La carpa intolerante (el más pequeño de los escenarios) alberga proyectos nuevos, poco convencionales o más experimentales. También, este evento ha entendido muy bien que mucha de la cultura se genera en la calle, por lo que ha mantenido un contacto constante con este tipo de expresiones. Espacios para el graffiti y el arte urbano, exhibición de patines y patinetas, la ya tradicional presencia del Chopo (el mercado ambulante de música más importante de la ciudad) y sobre todo la promoción y difusión de la tolerancia entra los distintos gustos musicales. Cada vez se siente un ambiente más tolerante tanto hacía los grupos como hacia la concurrencia. Por otro lado, en esta edición se abrió un espacio para que las disqueras independientes, distribuidores de música, pro- ductores y promotores colocaran stands de promoción con la idea de generar un producto “completo”. Estos foros son sin duda alguna espacios idóneos para crear una comunidad de rock y música que vaya generando frutos con el paso del tiempo.

 

La edición número 12 de este festival dio muestras de lo poco o mucho que ha madurado la escena del rock en nuestro país. Para empezar, cada vez somos más los que acudimos al Foro Sol a pesar del incremento de los precios. Este año, según los organizadores, acudieron 70,000 personas por día y fue la primera edición que agotó todos los boletos, llegando a reunir 90,000 personas para el sábado. La legendaria banda Caifanes (merece ese mote ya que sus canciones siguen sonando y sonando y seguirán sonando por muchos años más, para nuestra desgracia) logró hacer el primer sold out del festival. Aunque no soy muy fan de que sus canciones se sigan escuchando todos los días en todos los bares de rock, hay que reconocer que fue un momento épico para la historia de la música en nuestro país. Fue tal la expectativa del reencuentro de esta banda, que opacó todo lo demás (al menos otros 4 grupos mexicanos tuvieron su reencuentro en esta edición, entre ellos Fobia y La Gusana Ciega). La gente habló durante semanas sobre este día y la vibra que se sintió durante el espectáculo fue bastante emotiva, a pesar de que el vocalista ya no canta y el guitarrista tocó sin la inspiración que los hizo famosos. Pese a esto, la gente cantó, brincó, bailó y se comportó a la altura.

 

Como no quiero que este reencuentro siga opacando todo lo que pasó, me gustaría enunciar otros de los grandes momentos en las siguientes líneas. El festival se inauguró el viernes desde las 3:30 de la tarde. Sin embargo, la fiesta realmente empezó con Los de Abajo, quienes prendieron con su ska a los jóvenes asistentes que llegaron temprano. En el escenario indio, la Agrupación Cariño sorprendió a propios y extraños por la energía que desató su frontman, Marc Monster, y puso a todos a bailar con su cumbia-rock. De ahí, corrimos a disfrutar de la Tokio Ska Paradise Orchestra en el escena- rio principal, para después presenciar el ya mencionado reencuentro de Fobia. Después, mientras Bomba Estéreo llenaba de sonidero cumbianchero uno de los escenarios, en el otro, Charlie García, vestido de mariachi, entonaba su rock crudo y sincero. La noche estaba puesta para que Perry Farell y su “Juanas Adicción” (con todo y Dave Navarro) nos pusieran la piel chinita y recordáramos aquellos éxitos de inicios de los años noven- ta. Fue impresionante ver al cantante de “Been Caught Stealing” en vivo y ver que los años no les han pasado encima. Grita, canta, baila e incluso habla un poco de es- pañol, lo que hace aún más carismático. Al mismo tiempo, la banda “pesada” tuvo la oportunidad de ver los restos de Sepultura (ya sin los hermanos Calavera) y armar el slam y menear la melena con los éxitos que los hicieron leyendas el pasado. La noche ce- rró con el orgullo de Tijuana, Nortec Collective presentando a Bostich y Fusible. Esta es sin duda una de las agrupaciones más queridas en este momento y grandes representantes del género electrónico en nuestro país. Su música, una fusión entre elementos electrónicos y música de banda (estilo tradicional del norte del país) prendieron a los asistentes quienes bailamos hasta las 11:40 pm.

 

El sábado empezó al ritmo de Rockabilly con los Rebel Cats y sus copetes a la Elvis Presley. Liber Terán les hizo segunda con su sonido balkan-mexican-beat. Durante todo el día, la carpa roja vio desfilar a gran parte de las nuevas propuestas de rock de producción nacional. Por su parte, la carpa intolerante hacía lo mismo, pero con propuestas menos comerciales. Lo más destacado se dio entre las 5 y las 7 pm, cuando Los Dorados y Alonso Arreola dieron una cátedra de música. Los primeros son una banda de jazz chilanga que está presentando su tercer disco. Sus producciones no le piden nada a ninguna banda de jazz en el mundo. Por su parte, Alonso Arreola demostró porque es considerado el mejor bajista de México, tocando sólo o acompañado. A pesar de la calidad musical, ambos shows se vieron opacados en cuanto a cantidad de gente, ya que en el escenario principal se presentaron respectivamente la Gusana Ciega y Los Pericos. La buena onda empezó a las 7 de la tarde con Jarabe de Palo. Su espectáculo fue uno de los momentos más ricos de todo el festival, poniendo a bailar suavemente a todos los espectadores. De hecho, durante su presentación sucedió una cosa muy curiosa. En la última canción, “Grita”, empezó una lluvia de vasos multicolores. De alguna u otra manera, la gente se puso de acuerdo para lanzar todos esos vasos al mismo tiempo y crear una euforia colectiva que le puso una cereza en el pastel a la presentación de esta banda española. Después, mientras Los Bunkers recordaban a Silvio Rodríguez, la Nana Pancha revivía viejos recuerdos de la época dorada del ska en México. Por su parte, Natalia Lafourcade reunió a las jovencitas más bonitas del festival y aprovechó para cantar y bailar una canción con Neme de Café Tacuba. Después, todo fue eclipsado por la presentación de los Caifanes. Una rara calma invadió a todos los espectadores. Éramos demasiadas personas esperando a que tocaran. Ni Radiohead reunió a tantas personas en ese estadio. Y entonces sucedió: las mismas canciones que se han repetido una y otra vez fueron coreadas al unísono con gran emoción.

 

Ya para el domingo no me quería levantar. El sol asfixiante, las largas caminatas, los slams obligados y la cruda de cerveza nos habían agotado. Sin embargo, aún quedaba un día completito de actividades. Algunos optaron por pasar un rato en la nueva carpa ambulante, un escenario dedicado a la proyección de películas y cortos. Otros, se dieron el tiempo de pasear por las tiendas y stands de las bandas que se presentaron. Algunos como yo, prefirieron llegar más tarde... A pesar del agotamiento, llegué a las 5 de la tarde para ver a Fidel Nadal con su cumbia-reggae. Telefunka le puso groove al escenario rojo, mientras que la Mala Rodríguez nos reanimó con su belleza y de pasó se volvió a ganar al público mexicano. El atardecer trajo la presentación de The National, una propuesta musical poco experimentada en este festival. Por su parte, Omar Rodríguez se presentó con su grupo, quien trae como vocalista a Cedric Bixler-Zavala y presentan pequeñas variaciones a lo que hacen juntos en The Mars Volta. Previo a esto, la pequeña carpa intolerante se vio abarrotada con la presencia de la legendaria (estos si lo son) banda de punk argentino 2 minutos. Los Babasónicos fueron preparando todo para que hicieran su aparición The Quemical Brothers. A pesar de tres días de reventón y música, los hermanos químicos convirtieron a ese estadio en auténtica disco y el festival de música y cultura se transformó en un rave de 70,000 personas. Una impresionante pantalla gigante empezó a proyectar unos visuales que estimulaban aquel viaje musical. Beats, tornamesas y sampleos, gritos, bailes y brincos. De repente, unas esferas de luces empezaron a bajar del techo. Láseres verdes se proyectaron sobre el público. Los Quemical Brothers no dejaron de tocar por una hora y media completita. La gente no paró de bailar y si lo hacía es porque que- daba hipnotizada por aquellos visuales que proyectan un par de personajes corriendo, volando, subiendo, flotando y explotando. En ningún momento del festival la gente se prendió tanto como con este par de personas. En tan solo 90 minutos, agotaron toda la energía que todavía nos quedaba. Fue una gran banda para cerrar este festival que, como el buen vino, se pone mejor con el paso de los años.

 

Después de 3 días de intensa actividad, el sobre-Vive Latino demostró ser un festival que está o estará a la altura de otros eventos similares en el mundo. Aún le falta camino por recorrer pero por ahora ha logrado colocarse como uno de los más importantes y representativos en nuestra América Latina. Por otro lado, ha logrado el cometido de hacer crecer al rock en nuestro país y se ha convertido en una gran plataforma para que nuevos grupos mexicanos se codeen con artistas internacionales consagrados. Otro elemento que hay que destacar es que ya no sólo es un festival para chilangos, sino que cada vez más personas de varios lados del país (desde Tijuana hasta Chetumal) viajan para presenciar este evento. Incluso, este año me tocó ver a varios extranjeros en ropas veraniegas disfrutando de las actividades del Vive Latino, cosa que hace unos años era impensable. También, se inauguraron nuevas áreas con pasto, se instalaron zonas de descanso y sombra y la comunicación entre los escenarios se facilitó. En concreto, se lograron mejoras considerables en cuanto a la comodidad. El evento reportó saldo blanco aunque algunos de nosotros requerimos más de tres días para recuperarnos del desgaste físico que implicó vivir el Vive Latino.

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