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El mundo y sus músicas: ¡a la calle!

Imagen de fabian

Dato para el repelús: dicen que dicen los populares servicios de streamming (Spotify, Deezer, el fracaso de Tidal y un no tan largo etcétera) que sus catálogos musicales van desde los 25 hasta los 40 millones de canciones. Ok. La cifra es espeluznante y aunque provoca cierto vértigo, lejos está de causar repugnancia. Si consideramos que la presencia de estas plataformas roza maomenos los 60 países, podemos imaginar la amplia diversidad de sonidos, géneros y propuestas musicales que pueblan sus servidores. Toda una jungla sonora en la que uno podría perderse y pasar varias vidas sin repetir un solo tema; todo un Edén melómano.

Pero resulta que, y es acá donde sale Belcebú bailando despacito, en cualquiera de las plataformas que usted prefiera, caro lector, los temas de su top mundial son exactamente los mismos. Más allá de esa singularidad en la que quiero suponer no existe mano negra –vade retro pay-for-play-, lo que me genera pesar no es el éxito de artistas con los que no congenio del todo, sino la monstruosa predominancia del pop.

No es que tenga algo en contra de tal música. O sí. Bueno, sí, pero no importa para lo que quiero tratar acá. Sucede que me impacta el hecho de que, a pesar de existir alrededor de 30 millones de rolas disponibles y de que la presencia de las plataformas sea casi global, ningún otro tipo de música se cuele, ni por asomo, en los tops de escucha. Cuantimenos las músicas del mundo. Vaya contradicción. ¿Dónde están, entonces, esas suculentas músicas que a la redacción de este medio le dan de comer? Pues sí, querido lector, resulta que están, como siempre, en las calles.

Eso usted ya lo sabía, no estamos descubriendo el hilo negro. Pero resulta que nada es lo que parece: si usted cree que, por ejemplo, el jazz manouche sólo mora en París o que el tango sigue dando tumbos únicamente en los callejones de Buenos Aires o Montevideo, está en un grave error. Seguro lo ha constatado de primera mano: va usted rumbo al trabajo y zaz, aborda el bus algún extraño personaje cargando acordes de sitios muy remotos.

Y así, por fin, llego a lo que quiero contarles hoy. A pesar de que en el mundo entero una inmensa cantidad de gente anda clavadísima con el tema lento, siempre hay los necios que intentan abrir el horizonte y trabajar para otro tipo de talentos. Es el caso de dos iniciativas un tanto distintas entre sí, pero que apuestan por la generación de talento al margen de lo tops y todas esas vainas: Playing for change, la una y Steet Music Map, la otra. Si ya las conoce, estará usted de acuerdo con su servi, chulo amigo, que son cuando menos interesantes. Si no tiene ni la más perra idea de lo que le estoy hablando, se las presento

Playing for change: talentos grandes, rolas grandes

Parece que han pasado siglos enteros desde que la fundación Playing for change lanzó aquel video. Es probable que muchos no lo recuerden, pues así es de cruel este multiverso llamado Internet. Se los recuerdo: a iniciativa de Mark Johnson, un puñado de músicos, naturales de los más diversos rincones de este perro mundo, interpretaron cada cual en su lugar, “Stand by me”. El resultado fue el mentado video que a la fecha suma más de 104 millones de reproducciones.

Pero aquello es sólo la punta de un inmenso iceberg. El proyecto nació en 2002, cuando Mark Johnson y Whitney Kroenke decidieron recorrer las calles de América para grabar el documental A Cinematic Discovery of Street Musicians. Unos años más tarde, Mark quedó sorprendido por la voz de un músico callejero que escuchó en Santa Mónica: Roger Ridley, quien en ese momento cantaba la popular canción de Ben E. King a la que nos referimos antes. Nació entonces la idea de grabar a varios músicos de distintos países interpretando el mismo tema. Y con esa idea llegó una catarata de ideas más.

Y es que resulta que Mark, y toda la gente que nos hemos sumado a Playing for Change, compartimos una idea: que la música puede cambiar el mundo. Por supuesto, esta idea es vaga. Más importante son las acciones que se toman en torno a ella. Pues bien, a raíz del éxito de aquel experimento sonoro se creó la fundación Playing for Change, cuyo primordial propósito es educar a las nuevas generaciones a través de la interpretación musical. La forma de hacerlo es la apertura de escuelas alrededor del mundo. Al día de hoy, Playing for Change tiene en operación la nada despreciable cantidad de quince escuelas y programas educativos alrededor del mundo (cinco en África, seis en Asia y cuatro en Latinoamérica).

¿De dónde sale el dinero para tan chula actividad? Una parte de los recursos se recaba a través de las ganancias derivadas de su programa Songs around the world, que no es otra cosa que la repetición del experimento de “Stand by me” y cuyo repertorio se nutre con canciones populares de todo el mundo, como “Guantamera”, “La Bamba”, “Clandestino” o “What a wonderful world”. Otra porción viene de las giras que la PFC Band realiza a nivel internacional. ¿Una banda? Así es. El pegue de Playing for Change ha sido tal que organizaron una banda con aquellos músicos callejeros que colaboraron en sus grabaciones.

Una última fuente de recursos es la que aportan los simpatizantes de Playing for Change. Ya sea a través de la compra de mercancía (discos, camisetas, artesanías, etc.), de donaciones directas o del registro como miembro, cualquiera puede aportar a este genial proyecto. Acá les comparto las sabrosas versiones que Playing for Change ha grabado y asumo que más de una le dejará gratamente sorprendido.

Street Music Map: ¿cómo suenan las ciudades?

La otra iniciativa que me resulta sumamente interesante en función de nuevas formas de difundir la música es el Street Music Map. De alguna manera, este proyecto inició de la misma forma que Playing for Change: una tarde, el periodista brasileño Daniel Bacchieri caminaba por las calles de Kiev, Ucrania, y un músico callejero que interpretaba la bandurria llamó su atención. Lo grabó y lo publicó en su cuenta de Instagram. Así fue acumulando tomas de muchos músicos a lo largo de sus viajes. Un buen día, uno de sus seguidores le sugirió que creara una cuenta exclusivamente pare ello y nació el Street Music Map.

El proyecto gustó tanto que Bacchieri lo ha llevado a más desde 2014. Lo primero en ocurrir fue el lanzamiento de un sitio web en el que, sobre un mapa interactivo, pueden verse los videos capturados para Instagram. Lo segundo, que Bacchieri abrió la oportunidad de colaborar con el mapa. Para ello, los interesados solo tienen que mandar el video a su correo electrónico. Hasta aquí suena un poco a oportunismo, a curiosidad local que en nada sirve a los artistas, a pintoresco interés.

Sin embargo, Bacchieri tuvo claro que esto podía llegar a ser mucho más. Pues bien, para que eso sucediera, este singular brasileño pidió a sus potenciales colaboradores que los envíos de video, además del material, incluyan el nombre y los datos de contacto del artista, así como el lugar exacto en el que se capturó el video. ¿Para qué? Lo que Bacchieri intentó, y está logrando, es que ese talento sea apreciado y tenga la oportunidad de conectar con un público mayor y, también, con la industria musical.

¿Le suena demasiado ambicioso? Quizá lo es, pero ha rendido sus frutos. Y es que ahora, el talento de estos músicos no sólo puede apreciarse a través de los escasos 15 segundos de video instragramero, sino que, cruenta paradoja, los artistas y sus creaciones ya están disponibles a través de Spotify, en listas armadas por ciudad. Además de esto, el Street Music Map estrenó, en 2015, su propio álbum: Street Music Map Vol. 1 - Live at O.bra Festival. Así es, un ‘en vivo’.

 

Tanto Playing for Change como Street Music Map dejan ver que hay gente en el mundo que, a pesar de los tops y su repulsivo carácter cíclico, está interesada no sólo por abrir sus horizontes musicales y entrar en contacto con otras culturas, sino por hacer de la música un motor de cambio. Claro, también deja ver, y esto no es tan alegre, que la gran diversidad musical y el mucho talento que hay en este perrísimo mundo tiene que nadar a brazo partido para hacerse un hueco, pues sigue siendo marginado.

Y namás que para cerrar, resalto algo evidente que pudiera escapar a sus ojos y oídos: ambos proyectos son colaborativos. Es decir, usted, querido lector, puede ser parte de ellos. No se trata solamente de asombrarse y consumir en la pasividad. Dicho como dicen en mi pueblo: no se haga güey y móchese. Participe, pues, participe.

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