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La puesta en escena de las músicas del mundo II

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En la primera parte de este texto, para explicar cómo es que las músicas del mundo llegaron, por vía del rock, a las fórmulas de presentación en vivo propias del espectáculo moderno occidental, me remití al origen del formato que logró colocar a la música en el centro: el concierto. Pero la historia quedó en suspenso y aquí su continuación…

Como ya mencionaba, el concierto clásico propone una experiencia musical que coloca la contemplación auditiva, recatada y silenciosa de la música. Sin embargo, para el siglo XX, como antítesis del concierto clásico apareció el concierto de rock, el género indudablemente más representativo del planeta en la centuria pasada, hasta el advenimiento del pop. El concierto roquero fue moldeado por su ideología rebelde y transgresora, descontenta con el establishment y los valores de una sociedad hipócrita que habla de libertad pero aplica una moral rígida que reprime el cuerpo y los modales, habla de paz pero propaga las guerras y pregona el respeto pero tolera la discriminación; así como por su desenfadada, energética y revolucionaria estética de tempo veloz y bien marcado por la imprescindible batería, unida al uso extendido de la guitarra eléctrica aderezada con distorsiones y power chords y soportada por el bajo eléctrico, a la que se suma una técnica vocal muy alejada de las impostaciones clásicas.

Todo ello resultó en una nueva experiencia de concierto: se relegaron los asientos y se recuperó la danza, se abandonó la contemplación silenciosa y apacible de la música para dar lugar a la expresión inmediata de las emociones en gritos y aplausos, se relajó el ambiente y se fomentó la convivencia e interacción de los asistentes. El nuevo modelo de concierto fue extendiéndose a diversos estilos musicales y, paradójicamente, poco a poco la música volvió a las fórmulas teatrales de las que alguna vez se emancipó y las sumó a las posibilidades del espectáculo moderno: vestuario deslumbrante, iluminación, video, coreografía y hasta efectos pirotécnicos. Asimismo, el concierto dejó las restricciones de la sala de concierto y tomó las plazas públicas, los escenarios naturales, los estadios y demás espacios no convencionales.

El rock también generó, sobre su propuesta de concierto, un tipo de evento mucho más ambicioso: el festival. A diferencia de otro tipo de festivales de música, el de rock se convirtió no sólo en un compendio de conciertos, sino en manifestación de un estilo y filosofía de vida alternativas. En el marco de los movimientos contraculturales de los años sesentas, los festivales como eventos masivos al aire libre, de varios días de duración y acompañados por otras actividades culturales y el uso extensivo de psicotrópicos, representaban los sueños de armonía comunitaria, convivencia libre y experiencia cuasi mística, opuestos a la sociedad individualista, materialista e industrializada que se reproducía por todos los rincones del planeta.   

Entre los primeros festivales de rock están, por ejemplo, el Isle of Wight Festival (Inglaterra, 1968), el Monterey International Pop Festival (EUA, 1967) y, por supuesto, el festival que marcó un hito cultural para toda una generación, el Woodstock Music & Art Fair (EUA, 1969). Cabe destacar que, como parte de la afinidad por el pensamiento y la espiritualidad orientales que la contracultura alentó, en los dos últimos festivales mencionados se incluyó la participación de uno de los pioneros en llevar las músicas que emanan de tradiciones musicales extrañas a Occidente a oídos globales: Ravi Shankar.    

La trayectoria del célebre sitarista indio muestra las coordenadas que abarca hasta nuestros días el género de la world music: la música tradicional “pura” y la música de fusión. El pandit Shankar fue un férreo embajador de la música clásica de la India, llevándola a todos los continentes; también, gracias a sus colaboraciones con el violinista Yehudi Menuhin, a su relación con George Harrison y los conciertos que compuso para orquesta y sitar, fue uno de los grandes precursores de la fusión de ritmos e instrumentos de la India con estilos musicales occidentales y abrió las puertas para la fusión de las músicas del cercano y lejano oriente que abundan en el panorama de la world music.

El peculiar contexto ideológico en el que se da la participación de Shankar en los festivales de Monterey y Woodstock, así como su actitud frente a ellos nos arroja algunas luces para explicarnos cómo es que las músicas del mundo terminaron por integrarse con las fórmulas de presentación en vivo del espectáculo occidental moderno, pero también nos revelan las tensiones y conflictos que pueden advertirse en dicho encuentro.

Sin duda, la misma búsqueda por hallar referentes culturales alternos que reflejen el estilo de vida proyectado por el rock (“Gentle people with flowers in their hair/ All across the nation/ Such a strange vibration/ People in motion/ There's a whole generation with a new explanation”,  cantaba Scott McKenzie) y que devino en la propuesta vivencial del concierto y del festival rockero: recreación tribal y festiva, descarga de euforia colectiva y conexión mística; condujo a incluir a Shankar en estos festivales, como intento por despertar ese halo espiritual y ancestral que la tradición musical que él representaba ya de suyo generaba en el inconsciente colectivo de los jóvenes. Y es justamente ese mismo impulso que nació en el seno de la cultura del rock, el vínculo que se creyó natural con las músicas del mundo, las músicas de aquellos pueblos que supuestamente escaparían a los vicios de Occidente, a su frialdad y estandarización, a su racionalismo desmedido, desapegado de la tierra y su aproximación sagrada.

De manera que la realización tribal y primigenia, de retorno a la naturaleza, de alternativa catártica que se advierte en las propuestas germinales del rock clásico en directo, se trasvasó a los festivales de músicas del mundo que surgieron en las últimas décadas del siglo XX.  Igualmente, las nociones de exotismo y autenticidad de tintes “orgánicos” han sido uno de los principales ganchos que la world music ha colgado a las culturas musicales del mundo como parte de sus estrategias de posicionamiento.

El primer festival de músicas del mundo nació algunos años antes del lanzamiento de la etiqueta “world music”, el WOMAD (World of Music, Arts and Dance), cuya primera edición fue en 1982 y que a la fecha se mantiene como el más importante del género. Este festival, creado a iniciativa de Peter Gabriel (quien, por cierto, emanó de la escena del rock progresivo), desde sus comienzos instaló a las músicas del mundo en la puesta en escena del espectáculo occidental, emulando el modelo en vivo ya mencionado. Tras el WOMAD le siguieron otros festivales como el Music Village Festival y, ya en los noventas y principios de este siglo, se consolidó un circuito global de festivales de world music donde podemos encontrar el Globalquerque!  (EUA), el Rainforest World Music Festival (Malasia), La Mar de Músicas (España), Festival su le Niger (Mali), The Globe to Globe World Music Festival (Australia) y muchísimos más.

Fiel a su vocación multicultural, la world music ha abrazado el discurso de las minorías y los migrantes, ha levantado la voz contra el racismo, el colonialismo y es una clara muestra de lo fructífero que puede ser el diálogo intercultural. En consecuencia, los festivales de world music se caracterizan por la heterogeneidad de artistas que se presentan y se plantean como una celebración de la diversidad cultural, de respeto e inclusión de la diferencia. Prueba de ello son los esfuerzos que procuran realizarse en estos festivales para acercar al público al conocimiento de las culturas de las que proviene la música programada a través de talleres, muestras gastronómicas, programas de mano bien documentados, charlas, etcétera. Sin embargo, todo esto contrasta con la homogeneidad espectacular con la que se presentan los artistas, pues si bien cada uno le aporta su propio sello, en el fondo responde al mismo formato de concierto.

A primera vista y ante el rotundo éxito de los festivales de world music, pareciera que el modelo de puesta en escena es el ideal, pero es ingenuo pensar que todas las músicas que no fueron pensadas y desarrolladas para el espectáculo occidental, quepan en el formato del concierto de rock o el festival de él derivado. Para muestra, cabe regresar de nuevo a la participación de Shankar en los festivales rockeros comentados.   

 

 

De acuerdo con el testimonio recogido por la revista Rolling Stone, tras su participación en el festival de Monterey, Shankar estaba horrorizado por el hecho de que Jimi Hendrix le prendió fuego a su guitarra en el escenario, pues en su cultura –declaró- “tenemos un gran respeto por los instrumentos musicales, son como parte de Dios”. Aun así, la experiencia resultó positiva para él y dos años después se presentó en Woodstock, experiencia que no le dejó un buen sabor de boca y lo llevó a distanciarse del movimiento hippie y de los festivales, pues no consideraba aceptable la asociación de su música con la cultura de las drogas.

La actitud del pandit nos coloca en el centro del debate sobre la puesta en escena de las músicas del mundo en el contexto global al que la world music pretende integrarlas. Su visión de la música, congruente con la tradición musical de la que proviene, choca con el tipo de presentación que estos eventos plantean. Y lo mismo ocurre con muchas otras músicas del mundo que, en sus contextos de origen, juegan un papel distinto al mero espectáculo.

Claro, hay una vertiente de la world music basada en la mezcla y reconversión de estilos (el denominado worldbeat) que, a través del hermanamiento e hibridación musicales han llevado a la evolución estética de la música a niveles insospechados y que se han alineado sin resistencia a las fórmulas del concierto y el festival. Pero hay otras músicas, también ofrecidas como world music, cuyo sentido está inmerso en las prácticas sociales y rituales de sus culturas originales y, para ellas, me parece que la aproximación del espectáculo occidental no les hace justicia.

Por supuesto, podrá decirse que no sólo está el concierto y el festival al estilo del rock, también está el formato de concierto de la música clásica (caracterizado en la primera parte de este texto) y, de hecho, especialmente cuando se trata de músicas del mundo cuyo carácter no es precisamente festivo o es poco digerible para el oído poco entrenado o se desprende de ciertas prácticas culturales que exigen escucharse bajo otros parámetros, se elige la fórmula del concierto clásico, ya sea en el marco de muestras culturales, de recitales didácticos o de presentación de figuras destacadas de tradiciones musicales.  

Sin embargo, tanto el concierto clásico como el de rock buscan hacer de la música lo mismo: un espectáculo. Ya sea como un objeto de contemplación estética, de solaz recreación en las formas musicales o deslumbramiento de los sentidos, y bajo esta óptica vía de catarsis, comunión o mero entretenimiento; ya sea como objeto de contemplación analítica, ejercicio etnomusicológico o pieza de museo, ninguna de las músicas del mundo que llegue a los oídos planetarios se escapa de su mutación en espectáculo.

Quienes disfrutamos el afortunado encuentro de estilos musicales y el descubrimiento de nuevas sonoridades, sin duda celebramos la irrepetible y efímera experiencia en vivo de un concierto, la emoción incomparable de presenciar cómo el milagro de la música brota sobre el escenario. Pero también es innegable que la puesta en escena de las músicas del mundo al volverlas espectáculo, las trastoca y las vuelve algo diferente, algo que si bien las hace compatibles con el espíritu cultural de Occidente, también obliga a preguntarnos: ¿Cuánto de las músicas del mundo perdemos y ganamos en estas formas de presentarlas en directo fuera de sus contextos? ¿Hasta dónde cumple la world music su intención de valorar y conservar la diferencia cultural al difundir los ritmos del mundo de esa manera? ¿Son acaso las mejores condiciones posibles o puede haber otras mejores? Creo que en la medida en que nos lo preguntemos y seamos creativos en nuestras respuestas, avanzaremos en cumplir los anhelos de inclusión y valoración de la diferencia y la autenticidad que la idea de world music siempre persiguió.

 

primera parte de este texto, para explicar cómo es que las músicas del mundo llegaron, por vía del rock, a las fórmulas de presentación en vivo propias del espectáculo moderno occidental, me remití al origen del formato que logró colocar a la música en el centro: el concierto. Pero la historia quedó en suspenso y aquí su continuación…

Como ya mencionaba, el concierto clásico propone una experiencia musical que coloca la contemplación auditiva, recatada y silenciosa de la música." data-share-imageurl="">

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