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Efectivamente, un poema hecho balada. La armónica conjunción que se logra con la conformación de cada una de las partes de “Blue in Green” la convierten en el detalle de distinción que engalana la cadencia de Kind of Blue. Sentimiento profundo, un hito del feeling en balada y un interludio de pausa virtuosa, son algunos atributos que definen a esta indudable joya musical. Pieza fundamental de la que es, probablemente, la obra maestra del jazz.
En ocasiones como estas, cuando un nuevo ciclo comienza quiero decir, vale la pena detenerse a explorar ciertos tópicos que regularmente damos por sentado y dejamos de apreciar. Por ejemplo, paladear letra a letra cada palabra que escribimos y descubrir la maravilla que las une y les da sentido; devorar la meticulosa inmensidad de un nudo en la tabla de nuestra mesa de trabajo o, como en este caso, aventurarse en ciertas minucias de ese elemento que da sentido a la música, el sonido.
Gilles Lipovetsk y Jean Serroy, en 2010, publicaron La cultura-mundo. Respuesta a una sociedad desorientada, texto en el que hacen expresa su preocupación por la relación entre la concepción, producción y difusión de los productos de interés cultural con los individuos de las sociedades posmodernas.
Si nos pidieran describir a Charles Mingus en una sola palabra que encerrara su fuerza, su talento, su historia, su actitud como músico y su música misma, si a alguien le pareciera adecuado tal ejercicio, sin lugar a dudas podríamos decir “espeluznante”: que desordena los cabellos de la cabeza, que nos eriza el pelo o las plumas, que causa horror.
Estudios más centrados en los cambios físicos han demostrado que aparte de su cualidad anti estresante, la música puede inducir cambios en el metabolismo, o incluso en la conductividad eléctrica del cuerpo. Así, no es extraño encontrar casos en los que la música ayuda a reducir dolor o incluso a salir del coma.
El treinta de diciembre del año pasado, en la sección dedicada a cuestiones musicales y artísticas del reconocido periódico El Mundo, aparece una de las imágenes más icónicas de la fusión musical, un clásico, y algo más que una simple fotografía: Camarón de la Isla portando una Stratocaster. Esta simple “imagen” sugiere mucho más que al mesías del flamenco ejecutando un instrumento electrónico. El que este venerado artista se haya dejado retratar contento y alegre con esa guitarra, clásico de clásicos, supone lo que para muchos ha sido un tema tabú: la evolución y la fusión del flamenco con otros géneros.
Entre la Tierra de la Sinfonía y la Isla del Jazz se extiende el Mar de la Discordia; un amor prohibido y secreto crece entre sus príncipes: el del jazz, un saxofón, la de la sinfonía, un violín. Una guerra se despliega entre ambos reinos cuando el amor sale a relucir y el príncipe saxofón cae preso en la Tierra de la Sinfonía. Como todas las buenas historias de amor, esta acaba en una boda y se construye el Puente de la Armonía para unir ambos reinos.
La percepción del infrasonido no sólo se limita al oído. Si bien ciertas especies animales pudieron escuchar los infrasonidos procedentes del fenómeno, otras probablemente se valieron de sus aguzadas terminaciones táctiles para percibirlo. Y es que el término “infrasonido”, además de antropocéntrico, parece también pecar de audiocéntrico.
La música existe ya como una actividad económica en la Edad Media, pero a pesar de ser reconocida como tal, aún no se transforma en mercancía. Para que dicha transformación se efectuara fueron necesarios dos procesos fundamentales: la estabilización del mercado y la generación de los recursos técnicos que permitirían almacenar en un soporte físico la obra musical.
¿Y si toda nuestra música estuviera impulsada por un instinto tan animal como el de apareamiento? ¿Y si los grandes músicos como Bach, Mozart o Beethoven no hubieran estado más que explotando su sex appeal? No es descabellado pensarlo de una estrella del rock.
En Paraguay se está gestando algo similar a lo que fue la movida española de los 80, el movimiento de rock en tu idioma, que tuvo eco en toda Hispanoamérica, o la avanzada regia en México de la década de los 90.
La Leyenda Sudafricana que vendio 60 mil Copias (algo inusual para ese país). Canciones que sintonizaban con el clima de disconformidad de la población joven blanca con el apartheid, el rechazo al servicio militar obligatorio para blancos y el clima de represión cultural y sexual imperante en los años 1970 de esa sociedad.
La era de las tecnologías de la información y su impacto en el desarrollo del rock en México
Para hablar de bebop es necesario (obligado dirían los más puristas) referir a Charlie Parker, Dizzy Gillespie y Thelonius Monk, por mencionar sólo algunos. Pero también es hablar de contracultura. Es ubicarse en los años cuarenta. Es servirse un combo de ironía burlesca, de rebeldía técnica y tensión potente. El bebop puede ser catalogado y descrito de muchas maneras, pero probablemente lo más acertado sea comprenderlo como una de las etapas más rebeldes y contestatarias en la historia del jazz.
Si la figura genuina del rockstar existió alguna vez en México, esto debió haber sido en la década de los noventa del siglo pasado. En esos años, el rock nacional experimentó el periodo de mayor visibilidad y alcance tanto a nivel nacional como internacional. Este boom se debió en gran parte a la intervención de diversas disqueras trasnacionales, quienes vieron un mercado fructífero y no explorado en aquel género llamado “Rock en tu idioma”[1].

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